Dos culpables

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Mensaje por rnn el Miér Jun 18, 2008 10:14 pm

El sabor amargo a cigarrillo aun permanecía en su boca, se levantó del colchón apoyando una mano en la pared para ayudarse. No tenía cama. Daniel, fue hasta la cocina y buscó un vaso que llenó con agua. Lo bebió sin detenerse a respirar. La resaca de vino de la noche anterior estaba en su apogeo. No tenía reloj. Encendió el televisor para ver la hora en el canal de noticias. Las diez y media. Pensó en acostarse y dormir un poco más, desistió inmediatamente. También dudó de tomar unos mates, por la acidez, pero no había otra cosa. Puso el agua a calentar y se fue al baño. Mientras orinaba ladeó la cabeza para no respirar el olor pestilente que salía de su orina. Volvió a la cocina y llenó el mate de yerba a la espera que el agua este en su punto justo. Su vida era un desorden, desde que perdió su trabajo dejaron de existir los horarios. Vivía de changas y en algunas ocasiones puntuales salió a robar. Tomando mate suavemente pensaba que podía ser un día de suerte para conseguir un trabajo, por más degradante que este sea. El recuerdo de aquellos años de gloria trabajando lo quitaban de la burda realidad. Se sirvió otro mate mientras encendió un cigarrillo.

Sonó el despertador a las siete, se levantó de un salto y fue directamente al baño, se lavó los dientes y se lavó la cara. Volvió a la habitación, se quitó el pijama, abrió la puerta del placard. Hernán se caracterizaba por ser un tipo decidido. Eligió camisa rosada, corbata granate con rayas transversales también en color rosa y un elegante traje negro. Volvió al baño. Se puso un poco de cera en el cabello y se peinó. Se dirigió hacia la cocina. Encendió la cafetera y buscó en la alacena las galletas dietéticas que come cada día. Encendió la televisión, puso el noticiero esperando el momento donde informan del transito en la ciudad. Desayunó de veinte a treinta minutos, buscó su maletín. Se subió a su auto y con el control remoto accionó el mecanismo que le abre la puerta del garaje. Encendió la radio y salió rumbo a su trabajó. Podía ser un día más en la típica rutina, pero no, las horas estaban contadas para que ese día se transforme en “el gran día”.

Cansado de no hacer nada, Daniel salió de su casa pasado el medio día, con sus pasos largos y destartalados que parecían no mantener el equilibrio de su cuerpo flacucho. Unas zapatillas cómodas, pantalón flojo, un buzo con capucha y las manos en los bolsillos del buzo.
Transcurrido tres horas, después de preguntar en varios lugares para trabajar y no teniendo respuesta positiva, encaró para la plaza donde se juntaban sus amigos. Un punto de reunión cotidiano. Saludó a todos, le estrechó la mano a algunos, a otros simplemente con un gesto. No pasó el minuto cuando ya le pasaron la botella de cerveza que no despreció. Entró inmediatamente en las conversaciones que iban de fútbol, mujeres y borracheras. El día hubiera pasado como los anteriores si no fuera porque el dueño del kiosco se acercó al grupo exigiéndole que entregaran algo de dinero, que la cuenta ya sube a unos doscientos pesos y al día siguiente llega el repartidor de Quilmes.
El grupo aceptó la idea de decidir democráticamente los indicados para salir a conseguir dinero. Los dos palitos más cortos le tocaron a Daniel y otro de apodo “Chivo”.

Llegó a la empresa, saludó a sus empleados, cinco en total y entró a su despacho, encendió la computadora, dejó el maletín en un costado, realizó un par de llamadas telefónicas y reunió a todos en su oficina.
-Señoras, Señores. Los he reunido para informarles que a partir de hoy “La novedosa” ha dejado de existir, ha desaparecido. Mañana nos cambiamos de inmueble. Ésta, es la nueva dirección –dijo entregándoles unas tarjetas a cada uno- Les pido que el día de hoy lo dejen exclusivamente para guardar todo en las cajas que traerá un pibe en una media hora. Dejen todo listo y una vez que terminen pueden marcharse. La nueva empresa se llama “La Poderosa”, nos dedicaremos exactamente a lo mismo. Cuento con todos ustedes y les digo que todo será igual. Eso es todo. Gracias.


Partieron para Barrio Norte. Lugar muy vigilado por la policía pero con un solo golpe de suerte se podía conseguir no solo para pagarle al quiosquero, sino que podía quedarles algo para ellos. Daniel y Chivo, miraban para todos lados, caminando con naturalidad, conversando y esperando que la situación adecuada llegue a ellos.
Un joven de traje, entró muy despistado a un cajero automático. Ambos se miraron y asintieron. Un golpe de vista hacia el entorno y se metieron al cajero con violencia.
- Tranquilo papá- dijo Chivo poniéndole una pistola en la espalda- No te va a pasar nada. Saca la guiíta y damela. Tranquilito. Tranquilito.
- No seas boludo. No tengo mucha guita. – dijo el joven del traje.
- Calláte y dejá de llorar. Dame la guita o te pego un cuetazo. Dale. Dale.
- Apuráte boludo –gritó desde la puerta del cajero Daniel.
- Tomá. No tengo más.- dijo la victima entregándole unos cuatrocientos pesos.

Salieron del cajero con paso normal, pero el joven del traje, que era Hernán, enseguida dio la alarma de robo a cuatro vientos y corrió detrás de los asaltantes. La policía enseguida intervino montando un operativo. A Chivo lo detuvieron a cinco cuadras del atraco, a Daniel a unas quince. Hernán, fue a declarar a la comisaría. Dijo que ambos sujetos estaban armados y que parecían estar bajo un fuerte efecto del alcohol o *****. Dijo que pasó mucho miedo. Le dio tiempo para llegar al despacho de su contador y terminar con el quiebre de la empresa “La Novedosa” y arrancar con la nueva empresa a nombre de su primo.
Pasado un tiempo.
Hernán tiene problemas económicos con su nueva empresa. Muchos acreedores continúan intentando cobrarle la deuda de “La Novedosa”.


Daniel está en la carcel. Una pena de doce meses por acumulación de delitos. El más grave, un asalto a mano armada con abuso de violencia

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